estrategia basura

Percepción, estrategia (y) basura

  • 02/08/2017
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(1) La pérdida electoral por parte del Partido Popular de la alcaldía de grandes ciudades y numerosas capitales de provincia (clave para las elecciones autonómicas), pero también de multitud de ayuntamientos menores, ha marcado la agenda mediática a través de issues de campaña muy variados. El principal, el incremento de la suciedad en las calles. Como si fuera una relación directa, un efecto físico, los gobiernos progresistas de Madrid, Barcelona, Valencia o Palma, por citar unos ejemplos, han sido apuntados como los responsables de que «la ciudad esté más sucia que nunca», frase recurrente en declaraciones, notas, comunicados y en las redes sociales. ¿Es esto así de fácil?

(2) Los períodos de “luna de miel” de los nuevos gobiernos, especialmente en situaciones de cambio tan paradigmático tras el auge de Podemos y sus marcas blancas, son períodos de confrontación de proyección y pragmatismo: se produce la oportunidad de ver si las expectativas creadas son llevadas a la práctica, algo que requiere tiempo. Sin embargo, las críticas no se han hecho esperar desde poco después de las elecciones. Como me comentó en Facebook una vez el politólogo Jesús Ortega,

«El problema es generar una expectativas tan altas que después no se cumplen. Dudo que sea un problema “contra ti”, sino una exigencia de las expectativas generadas. Y también, como no, parte de nuestra propia idiosincrasia: pedir, exigir, quejarnos… Pero molestarnos lo mínimo posible».

Aunque en un primer momento no pensé que la ingente cantidad de críticas y quejas se debiera a las expectativas, hoy estoy convencido de que juegan un papel fundamental. Es una de las consecuencias de jugarlo todo a la idea indeterminada de cambio, de alternativa al modelo anterior y de concentración de principios a implementar, como la participación, la transparencia, de un nuevo modelo de ciudadanía. La indeterminación de algunas propuestas electorales y la falta de un esquema de seguimiento, han hecho que el contraste de lo “visible” con respecto a épocas anteriores, sea la referencia en cuanto a issues de campaña. Frente a las cifras de mejora —más o menos difíciles de percibir—, calles más sucias; frente a la transparencia prometida, tras épocas de corrupción superlativa, contratos menores catalogados como “a dedo”, pese a que sea totalmente compatible. Frente a lo complejo de explicar qué variables se han mejorado, qué pasos se han seguido y por qué cada persona lo percibe de forma subjetivamente diferente, el mensaje de «el cambio a peor».

pimeco twitter suciedad

Una patronal en Twitter pide limpieza, aunque los contenedores, nuevos, están vacíos.

(3) Esta negación de todo el silogismo del cambio es una estrategia hábil, especialmente si se amplifica a través de medios de comunicación, se rebota a modo de eco desde perfiles sociales, pero sobre todo si entra en la agenda y son los poderes públicos quienes tienen que negar la cosa, porque supone que la cosa existe. Piensen en qué ocurriría si un gobierno local afirmase «la ciudad no está más sucia hoy que ayer», y justo por mi calle hace un par de días que no han pasado las máquinas o los operarios, sin que el planning de trabajo se haya modificado en 5 años: la percepción será que el gobierno miente, y si no me había planteado el estado de la suciedad, hoy me lo planteo y es cierto lo que se afirma de que la ciudad está más sucia. No es tanto que gane el emisor del mensaje, como que pierde quien gestiona la materia.

¿Tan grande ha sido el cambio en la gestión de la limpieza y recogida de residuos, y tan similar en todas las capitales de provincia que han pasado del PP a gobiernos progresistas, como para que todas estén más sucias? No dispongo de variables para posicionarme en el sí o en el no, pero lo dudo. No es este un alegato a favor de los nuevos gobiernos, ni mucho menos, pues ha habido cambios de sistema erróneos que hoy son difíciles de revertir, al menos en el plano de los impactos comunicativos.

(4) El incivismo es una constante y es el principal foco del problema. Sin embargo, reducirlo implica un proceso ex ante, de concienciación y no tanto de reacción, como sí es el caso de la limpieza, proceso ex post, una vez producido el acto de ensuciar. En este sentido, por mi experiencia y por ciertos comportamientos que he podido comprobar, la concepción paternalista de muchos ciudadanos con respecto a gobiernos de izquierda (algunos cuentan con miembros de movimientos y partidos ecologistas), tiene mucho que ver con su comportamiento cívico, y recurren al mantra de «yo pago mis impuestos» para justificar su mal uso de los espacios públicos, porque para limpiarlos ya están los gestores públicos, que para eso cobran, «y si no, que se bajen los sueldos y podrán pagar la limpieza». Con gobiernos de derecha, a priori más severos y que dan la impresión de perseguir y sancionar más, es posible que el civismo fuese mayor, no por conciencia, sino por miedo a las consecuencias. Lejos de querer generalizar, volvemos a la metáfora del padre protector y el severo, de Lakoff.

No comulgo con algunas opiniones que leo en las redes de que si hay un incremento de la suciedad, se trate de una campaña orquestada desde ninguna organización ni partido, porque el riesgo de que se descubriera (y su coste electoral) sería demasiado elevado. Sí estoy de acuerdo en que ciertos colectivos, patronales y personajes públicos, han encontrado una vía para desdibujar el “cambio” o tal vez para dibujarlo por indeterminado, simplificado en forma de fotografía y no como una mejora de variables sociales que requiere tiempo y explicaciones. Irónicamente, esto sucede en una época de camisas blancas por doquier, como símbolo de limpieza y transparencia.

(5) El caso más paradigmático de la percepción de suciedad y no de incivismo es ver cómo algunos colectivos comparten fotografías de contenedores de reciclaje o tratamiento vacíos, pero suelos llenos de cartón y plásticos, y aluden a la culpa de la falta de recogida cuando en la imagen vemos que no se ha depositado correctamente el material para reciclar o tratar. Desmentir esa imagen supondría entrar en el marco de la suciedad y el perjuicio podría ser peor, especialmente si se desmiente desde perfiles institucionales. Los usuarios siempre tendrán un “pero”: «El suelo está sucio, vale, pero los operarios de limpieza a los que pagamos podrían meter las cajas y botellas en los contenedores», o «deberían pasar más a menudo a vaciar los contenedores y esto no pasaría».

En un artículo publicado antes de los cambios de gobierno planteé algunos inconvenientes de trabajar con la idea-fuerza de cambio, por indeterminada y por las expectativas generadas. Hoy parece que algunos de aquellos puntos débiles planteados se utilizan como estrategia de campaña permanente, donde la suma de impactos ya ha superado el ecuador de los dos años y revertirlo es un reto difícil, no tanto por las cifras o la realidad, sino por las percepciones. Porque, ¿cómo desmentir que la ciudad está hoy más sucia que hace dos años? ¿Cómo vender, ya no que está tan sucia como antes, sino que está incluso más limpia?

Y lo que es más importante, ¿cómo hacer que se perciba así? Todo un reto, sin duda. Tanto para los actuales gestores como si dentro de dos años hay un nuevo cambio de gobierno y la situación de suciedad permanece o incluso se agrava.

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