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Público, volk y masas. Comentario a Manuel Delgado

  • 16/08/2014
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«Las masas piensan y piensan bien».

No lo digo yo, sino Manuel Delgado, célebre antropólogo, en una entrevista concedida a la Revista Minerva en 2007.

Casi un año tarde, este post es la respuesta al “guante” lanzado por mi amiga Aida Vizcaíno, que me invitó desde el blog de Eixam Estudis a comentar la citada entrevista. Como no hay excusa que valga para tamaño retraso en escribir la réplica, he pensado en flagelarme empezando este post con una frase con la que estoy profundamente en desacuerdo.

De hecho, esa frase aparece en un párrafo que bien podría utilizarse como argumento en su contra, como verán:

«Lo que caracteriza a la masa son sus prisas y su impaciencia. Va a lo suyo y, como no tiene alma ni conciencia y puede hacer lo que quiere hacer sin preocuparse por sandeces morales que afectan al individuo, hace lo que tiene que hacer, hace lo que otras dinámicas habrían acabado haciendo a un ritmo más lento.»

Celebraciones públicas

Escribo esta epístola bloguera un sábado de agosto, en el que miles, cientos de miles de personas están celebrando sus fiestas patronales, como otros cientos de miles hicieron semanas antes, y otros tantos harán dentro de unos días. Ojo, que he dicho personas, y no masa, pues he creído necesario resaltar la relación entre especie y género.

Alguna vez he manifestado mi oposición a la fiesta por la fiesta -especialmente cuando se impregna del volksgeist sin justificación suficiente-, tanto en las redes sociales como en un blog anterior, al hablar de free riders. Soy de los que piensan que no debe pagarse la fiesta porque sí, sino que deben ser los interesados quienes la sufraguen, sea directamente, sea costándole a un trabajador tantos días de salario como jornadas quiera celebrar cualquier efeméride o evento religioso.

Religiosidad

La religión es uno de los temas estrella de Manuel Delgado, que sostiene que «una relación de odio y confrontación con lo sagrado es tan religiosa como una relación de adoración». Por supuesto, mi relación con lo sagrado es religiosa por la esencia de la cosa; como el ateísmo es religioso al ser oposición o negación (en lógica, el ¬p). Añade poco después que «se puede ser un cristiano pacifista o un cristiano que bendiga la cruzada de Franco, pero eso no dependerá de la religión ni de la doctrina en sí, sino de la manera en que se la invoca y es adoptada para hacer según qué cosas…». A esta visión utilitarista, podríamos apuntar también la separación de los contenidos éticos y morales de la religión, que tan bien destacó Stuart Mill, y que nunca está de mas volver a subrayar.

Espacio público

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Otro de los aspectos que interesan a Delgado son los espacios públicos, copados estos días por aquellos consumidores de los actos religiosos, es decir, que «de pronto, personas que no se conocen, deciden hacer algo en el mismo sitio de una forma extremadamente enérgica. Y en nuestras sociedades eso implica, lógicamente, formas insolentes de apropiación del espacio urbano». Podríamos decir que ocurre tal cual con las cabalgatas de reyes magos o con el carnaval, y volveríamos a su esencia religiosa, sin necesidad de dar demasiada vuelta.

Pero, fijándose en el enfoque, Delgado afirma lo siguiente:

«En la calle hay conflictos, contenedores, barricadas… Yo salgo a la calle y sigue estando ahí. Desde aquí mismo puede oírse su rumor. Lo demás es discurso. Otra cosa es que nos guste más o menos lo que hace la gente cuando sale a la calle, o el contenido político de lo que sucede. Pero yo casi me alegro de que los votantes del PP salgan a manifestarse: me da igual que no sean de los míos, lo importante es que descubran la importancia de salir a la calle».

Subyace en todo ello la idea de lo público. Una idea que hemos visto pervertir, prostituir en ciertas ordenanzas municipales, como las aprobadas en su ciudad, Barcelona, o más recientemente también en la mía, Palma. Fueron dos gobiernos de diferente signo político, pero cuyos fines parecen converger. Lo público como escaparate, como buffet, como prostituta. Lo público como Caballo de Troya para destruir lo público. Lo público como ajeno, aunque los tiempos hayan demostrado que puede habitarse la calle, utilizarla como medio. Como si la frase de MacLuhan, «el medio es el mensaje», pudiera modificarse con «el escenario es el mensaje». ¿Recuerdan “Occupy Wall Street”? Yo recuerdo un escenario de Obama lleno de palés, mimetizado por el partido de las derechas en España.

Ya que he empezado con una frase con la que discrepo, me permitirán que cierre con una sentencia que suscribo totalmente.

«Es muy común valorar formalmente a las multitudes en función de si sus objetivos nos parecen adecuados o no, pero eso no es posible». Tal vez hubiera sido mejor empezar con esta frase.

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