Hace unos años, una amiga me comentó que estaba trabajando de redactora y haciendo clippings para una agencia de comunicación. Mi primera reacción fue decirle «pero si tú podrías montar tu propia agencia y contratar a un junior para hacer eso». A veces, hacemos lo que hacemos por supervivencia, por permanecer un tiempo a flote entre brazadas.

En otra ocasión, vi en Linkedin que un conocido había empezado a cursar un máster de esos que montan empresas privadas, en la misma materia que figuraba en su resumen de expertise; se estaba formando como alumno en un producto en el que él mismo podría ser profesor y cobrar un buen dinero por poner su logo en un diploma.

A veces no es sólo la titulitis o la neceidad de darse un tiempo trabajando por debajo de nuestras competencias, no. En ocasiones uno necesita reciclarse, probar los productos de la competencia o simplemente perdemos el foco y la autovaloración está muy por debajo de la realidad.

La primera impresión y la autoasignación de un rol

La experiencia de los últimos años me ha demostrado que es difícil escapar de ciertos roles, de ciertas funciones que se asumen de manera provisional y que después se convierten en la normalidad (en una normalidad completamente anormal). Recuerdo que en mi época como dircom municipal llegué a negarme a hacer carteles porque era un trabajo que ya había externalizado, en el que pagábamos a profesionales para hacerlo, pero había funcionarios (y algunos políticos) que se extrañaban de mi negativa, porque desde el principio había accedido a hacerlos, sobrecargándome de funciones y asumiendo varios roles que después era difícil de delegar. Dar un giro de volante provoca derrapes que muchos no comprenden.

Lo mismo ocurre cuando se hacen campañas electorales, o al menos es lo que viví cuando trabajé en algunas. Si un día accediste a diseñar carteles y programas, es difícil escapar de ahí, por mucha formación, experiencia en estrategia y contactos que tengas. Si tienes la mala suerte de llevar la etiqueta de ser «el de las redes», tendrás que demostrar con el doble de intensidad que tienes mucho más que aportar que el retocar unas fotos, editar vídeos y escribir unas publicaciones, especialmente cuando la otra parte es impermeable a cualquier recomendación.

Es una suerte de ley de hierro, muy difícil de derogar.

Imagen generada por IA en Wepik

La tercera ley de Newton: a por la reacción opuesta

Casi como si se tratase de física, en muchas ocasiones de la vida (la profesional, pero también la personal) creo que es necesario darse el capricho de regalarse un doble check: aprender a decir que no, y lanzarse a salir del camino un tiempo para alejarse de ciertos roles, prácticas y dinámicas. Y he dicho que creo que es necesario ese capricho, no que sea gratuito o que no conlleve riesgos.

Y se trata de un check doble, que sólo funciona combinando ambos aspectos. Uno puede decir que no, pero mantenerse en una órbita, en cuyo caso puede ser que ese «no» se transforme en un «tal vez». También uno puede salirse del camino un tiempo, pero sin la claridad de un «no», la gravedad de la organización podrá volver a atraerlo. Ese «no» es más para uno mismo que para la propia organización: es el ejercicio de la fuerza de oposición para provocar la reacción; sería como encender la mecha de un petardo y alejarse para evitar estar cerca de la deflagración.

Esta reacción es necesaria para evolucionar, igual que deshacerse del peso muerto, salvo que uno quiera dedicar un tiempo a la estrategia del mantenerse a flote; en cualquier caso, siempre, siempre hay que ser conscientes de que estamos nadando en un nivel que no nos corresponde, como mi amiga en aquella agencia, o mi conocido al cursar aquel master.

En otras ocasiones, sin embargo, la dinámica de la organización tiene su propia gravedad, y sólo cuenta quien está dispuesto a vivir siempre por debajo de ese umbral de competencia, en esa ley de hierro donde prima la perseverancia y no la capacidad, ni las competencias o los objetivos. Donde el valor de cada uno se mide en cuánto necesita a esa organización para sobrevivir, en cuántos sapos es capaz de tragar, o en cuántos millones de horas se regalan como una inversión a fondo perdido. Aquí podríamos pensar en cualquier ejemplo de psicología sistémica, de familias disfuncionales y dependencias emocionales, pero también partidos, asociaciones o cualquier colectivo en el que haya más de una persona.

Llegados hasta aquí, y para no dejarnos llevar por el pesimismo, hay que reconocer que algunas organizaciones sí captarían a personas como mi amiga y le diseñarían un itinerario hasta que llegase a ser socia, o mi conocido podría ser formador el curso siguiente, si el claustro así lo considerase. Hay organizaciones que hace años (siglos, tal vez) desterraron esa ley de hierro, mientras que para otras es su religión, su código fuente, su ADN.

Y estas últimas, cuanto más lejos, mejor.


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